Conversación entre dos generaciones

Una escena. Mi madre preguntó a una empleada de la panadería en Chedraui sobre dónde tenía que pagar el pan. No se dio cuenta que estaba sobre el mostrador en el que le cobrarían sus piezas. Pero antes de ella había una niña güerita –y un acento de voz encantador– con un uniforme escolar. Quizá haya sido de los últimos años de primaria o de los primeros de secundaria.

Mi madre vio el pan que la niña había tomado y como nunca había visto uno igual le preguntó a ésta que de dónde lo había tomado. Le indicó con ánimo el mueble que se encontraba a un lado del mostrador. Mi madre ignoraba el nombre de ese pan y la niña tampoco lo sabía. Se llama huesitos. Es un pan blanco largo embadurnado de mantequilla y espolvoreado con azúcar.

Mi madre aceptaba de buena gana la recomendación de la niña. “Están ricos”, dijo la chica con un acento fresa defeño. Esta inflexión de voz la he escuchado muchísmo en Playa del Carmen. Una variedad lingüística que me gustaría investigar a profundidad. Mi madre hablaba con ella y mostraba su sonrisa y la chica, también alegre por tener la conversación, mostraba sus dientes chuecos, que, a la vuelta de unos años, corregirá con ortodoncia.

En este breve cuadro hubo otro intercambio: la entrega alegre de una generación a otra. “Mira, yo te entrego un descubrimiento”, dice la generación joven. La generación vieja es más generosa. “Yo te entrego este espacio. Para ti y las generaciones venideras”. Todo esto es una ceremonia secreta y pocos pueden verlas.

“Bueno, adiós”, dijo la niña. Corrió hacia otra sección del supermercado.