Imagen de escenario oscuro iluminado por una lámpara que da exposición en teatro

Exposición

En 2016 me invitaron a hablar ante estudiantes de periodismo de la UACJ. Fue por el proyecto de Los Herrajeros. No estoy seguro de haber abordado el tema de colaborar y tener como pago la exposición, aunque hay un tenue recuerdo de ello. (Quizá alguno de los presentes en aquel entonces podría solucionar esto con una corroboración externa.)
Si estuviera ante estudiantes de periodismo (o de alguna carrera afín a las comunicaciones como Literatura o Diseño Gráfico) les aconsejaría con vehemencia que no trabajen con la exposición como recompensa. Hay personas que se aprovechan de esto. Hay personas y organizaciones que se aprovechan de esto, tomando ventaja personal y económica.
En Los Herrajeros llegué a pagar algunas colaboraciones. No todas. Me era difícil dar remuneraciones cuando mi salario de un trabajo ‘serio’ en aquel entonces era menor a un salario mínimo en México (era un trabajo de medio tiempo). Aún así logré pagar por contenido a un precio por el que actualmente no pagaría –en cuestión del mismo contenido y costos.
Por supuesto que los escritores buscan ser pagados de mi parte. La otra cara de la moneda es que no tengo un budget para cubrir con regularidad y frecuencia para colaboraciones. Desde el lado del editor confieso que hubo contenido que no redituó en exposición o interés dentro de los lectores y por el que pagué. Así que en cierta manera, fue una mala inversión. (Inversión entendida no por el hecho de que el pago me haya entregado ingresos de Google Adsense. Este programa de Google es basura.) Por otro lado hay contenidos que tuvieron un gran impacto y que incluso llegaron a generar ingresos para Adsense por los que no pagué un peso. La vida editorial es un riesgo.
Habrá situaciones en las que ser publicado sea la mejor paga –dentro de las opciones posibles. Aunque siempre habrá que optar por ser pagado dentro del mercado de contenidos. Este es el consejo para la generación actual.
No obstante, las cosas eran diferentes la década pasada. Podría decir que fue la última década en la que escribir fue un acto sin la ilusión de recibir una paga. Continuaba la tradición de escribir por escribir, ya fuera por la intención de publicar libros, de aparecer en plaquettes o revistas underground o simplemente por tener apuntes y borradores que serían leídos entre un puñado de personas. La última década de escritura ‘per se’ se intersectó con la cultura de los blogs. Y la gente podría mostrar su creatividad en espacios electrónicos leídos por un grupo cerrado que también estaba a la vista de todos por Internet.
En los blogs de aquel entonces (porque también ahora hay blogs pero tienen un significado semántico y pragmático diferente) la exuberancia del pensamiento mostraba el trabajo de poetas, cuentistas y cronistas dibujando una ciudad –aunque la inocencia de aquellos blogueros pensaba que sólo se dibujaban a ellos.
Ahí yo tomé una pequeña parcela que hice mía. Empecé a publicar traducciones de obras de autores ingleses. También empecé a publicar opiniones que sin un interés editorial podría llamar propiamente ensayos.
Pero lo más importante que hice en los blogs no fue producir para ellos, sino leerlos. Ahí es donde tuve la mayor satisfacción.
Para terminar pronto, las traducciones de poemas me llevaron a conseguir un trabajo como traductor periodístico. Después el trabajo como editor en Los Herrajeros me llevó al mismo trabajo, varios años después ya en fechas más recientes. Pero al estar como traductor fue que me autopostulé para el trabajo de coeditor digital dentro de dicho periódico. Pasó el tiempo y el management consideró que no era tan mala idea, que qué tan mal podía ser.
Fui considerado para trabajar en un periódico porque hice cosas con la recompensa de la satisfacción y el fruto inesperado de la exposición. Muchos de ustedes pensarán que lo hice primero por exposición, y que lo demás se dio por consecuencia. A estas alturas desconozco con qué pueda convencerlos. Pero tengo la convicción de que el Internet se trabaja con un afecto que lo sostiene y que no necesita recompensa monetaria. El pago lo da la vida, sea pronto o sea tiempo después.